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El Renacimiento floreció en Italia en el siglo XV (il
Quattrocento) y se prolongó en el siglo XVI (il
Quinquecento) irradiándose en Europa. Precursores
del Rinascimento se dan ya en el siglo XIV en Petrarca
y Boccacio. El Renacimiento estuvo impulsado por el Humanismo,
herencia romana de un movimiento guiado por el estudio del hombre,
la libertad de pensamiento y el individualismo. Ese estudio tenía
por meta desentrañar del hombre lo esencialmente humano,
aquello que le daba su especial dignidad, en fin, de reafirmarlo
con una valoración positiva. En esa concepción
romana no se trataba simplemente de la paidéia,
marcada por lo intelectual, sino de abarcar además la
esfera afectiva, así entonces, de valorar también
la pietas. Esta piedad romana consistía en la justa
actitud que el hombre debía a los dioses, a la patria
y sus antepasados. La actitud para con los dioses viene a ser
la religio. Estimulada la elite renacentista por el conocimiento
de lo genuinamente griego, eso es no ya por las imperfectas traducciones
del árabe al latín, sino a través de los
sabios bizantinos dispersos por la caída de Constantinopla,
vio en la Antigüedad clásica al modelo de hombre
de su estudio y revivió su obra lo más fielmente
posible. El humanismo renacentista es, pues, un humanismo clásico.
Ya en la baja Edad media habían comenzado a generarse las
condiciones que, al concurrir en el siglo XV en Italia, cobraron
la fuerza para cambiar la época. Y naturalmente estas condiciones
se dieron en las distintas esferas de la sociedad. Fundamental
fue el desarrollo de las ciudades con la formación de la
burguesía, esa nueva clase que desencadenaría cambios
en los diversos niveles de la sociedad. La burguesía, formada
al margen de los señores feudales y aliada a los monarcas,
fue la clase del poder económico, la poseedora del dinero,
y de la nueva intelectualidad. También la medicina fue pasando
a sus manos. En el plano intelectual, ya en la baja Edad media
el dominio de la razón no se circunscribía a la teología
y filosofía, abarcaba también la naturaleza. Pero
no por esto la sociedad de esa época dejó la religión.
La fe del hombre renancentista, sin embargo, cambió de carácter:
de fe viva, de esa fe que comanda la vida, pasó a ser, como
dice Ortega, fe inerte.
Por otra parte, el éxito en la adquisición de nuevos
conocimientos y técnicas, atizaron la curiosidad por acrecentar
el saber, estimularon el desarrollo del individuo, a la formación
de la propia personalidad, y provocaron una nueva actitud del hombre
frente a la naturaleza: no sólo la de conocerla sino también
la de dominarla. Entre esos avances la invención de la imprenta
fue decisiva en la difusión del saber. Por otra parte, las
fronteras se habían ampliado, se había dado la vuelta
al mundo y el médico Copérnico publicaba su sistema
heliocéntrico el mismo año que Vesalio daba a conocer
su Fabrica.
Sin embargo, era una época de contradicciones. Fue la época
de la extrema inmundicia de las ciudades, de la rápida propagación
de enfermedades, de las supersticiones, de la vergonzosa matanza
masiva de brujas. Las nuevas ciudades, carentes de sistemas de
higiene pública, no tenían parangón con la
antigua Roma. Las ideas de posesión diabólica y el
trato a las brujas se hicieron extensivos a los enfermos mentales,
que eran llevados a la hoguera.
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