La resistencia insulínica (RI) es un estado caracterizado por disminución
de la acción de la insulina, lo que implica una respuesta biológica
subnormal a las acciones de la hormona en el metabolismo de los hidratos
de carbono, proteínas y lípidos.
Los trastornos metabólicos más importantes asociados a
la obesidad incluyen a la hiperinsulinemia y a la resistencia insulínica.
La primera demostración de la falla en la captación de glucosa
por los tejidos periféricos de sujetos obesos en respuesta a la
insulina, fué obtenida por Rabinowitz y Zierler en los años
60. Posteriormente se describió la asociación de RI a diabetes
mellitus no insulino dependiente, dislipidemia, hipertensión arterial
y a otras condiciones patológicas.
En la RI se encuentran elevados los niveles basales de insulina, al igual
que la respuesta a cargas de glucosa, tolbutamida, arginina, leucina y
glucagón. La administración de glucosa provoca niveles exagerados
de péptido C , y la administración de insulina revela una
caída subnormal de los niveles de glicemia. La mayoría de
los investigadores concluyen que la RI de los sujetos obesos se debe a
un defecto post receptor de la acción insulínica.
La hiperinsulinemia y la RI se encuentran también en sujetos sin
obesidad que presentan factores de riesgo cardiovascular, tales como intolerancia
a la glucosa, hipertensión arterial y dislipidemia, constituyendo
el denominado síndrome X.
En el estudio del corazón de San Antonio se pudo observar que
un 80% de los obesos eran hiperinsulinémicos y un 20% normoinsulinémicos.
Las investigaciones han demostrado que la RI está presente en el
25% de la población normal sana, lo cual sugiere que el grado de
resistencia insulínica tiene un componente genético importante,
que se expresa al desarrollar obesidad: a mayor obesidad se observa un
mayor grado de resistencia insulínica y viceversa.
Algunos estudios han demostrado que la hiperinsulinemia es un predictor
independiente de riesgo coronario, aunque otras investigaciones han sido
discordantes. En el análisis del estudio de corazón en San
Antonio, el impacto independiente de los niveles de insulina y del índice
de masa corporal sobre la presencia de factores de riesgo cardiovascular
demostró que la obesidad se asocia más fuertemente a hipertensión
arterial, mientras que la insulina se asocia más bien a niveles
elevados de glicemia. Tanto la insulina como la obesidad se asocian a
niveles altos de triglicéridos y bajos de colesterol de HDL. Esta
asociaciones se modificaron escasamente al ajustar por la relación
cintura-cadera, a pesar de que ésta se relaciona significativamente
con todos los factores de riesgo. Los resultados del seguimiento de los
pacientes demostraron que los cambios en el nivel de cada uno de los factores
de riesgo cardiovascular se relacionaron tanto a los cambios de la concentración
de insulina como a los cambios del índice de masa corporal, independientemente
el uno del otro.
Acciones de la insulina
Es conveniente recordar las acciones de la insulina, que se pueden
resumir en:
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a)
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Acciones sobre la glucosa:
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Aumento de la utilización de la glucosa
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Oxidación :
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aumento del transporte
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aumento de síntesis de transportadores
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aumento de síntesis y activación enzimática
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Depósito:
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aumento de glicógeno sintetasa
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Reducción de la producción hepática de glucosa
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Inhibición de la gluconeogénesis
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Inhibición de la glicogenólisis
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b)
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Acción sobre los lípidos:
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Aumento de síntesis de triglicéridos
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Inhibición del catabolismo de los triglicéridos
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Inhibición de la cetogénesis hepática
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c)
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Acción sobre las proteínas:
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Aumento de síntesis proteica
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Reducción del catabolismo proteico muscular
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d)
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Acción sobre las lipoproteínas:
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Aumento del catabolismo de lipoproteínas ricas en triglicéridos
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Aumento de síntesis de HDL
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Efecto insulínico intracelular
El receptor de insulina es una lipoproteína transmembrana de
tamaño relativamente grande, compuesta por dos unidades alfa
y dos beta, unidas por enlaces disulfuro. Las subunidades alfa son extracelulares
y contienen el sitio fijador de la hormona. El efecto insulínico
es activación de la cadena fosforilativa intracelular, a través
de un intercambio de fósforos entre diversas moléculas
dentro de la célula. Como consecuencia de la unión de
la insulina a las subunidades alfa, la subunidad beta, que tiene propiedades
de proteinquinasa, se autofosforila en los residuos de tirosina, serina
y treonina. Posteriormente se inicia una cascada de reacciones de fosforilación
y desfosforilación de un gran número de sustratos intracelulares,
intermediarios de muchas acciones metabólicas. También
es posible la síntesis de segundos mensajeros, como mediadores
de la regulación de enzimas intracelulares. En ese contexto,
la activación de una fosfolipasa C específica es capaz
de iniciar el metabolismo de fosfoinositoles. De este modo, la insulina
alcanza sus efectos finales mediante un conjunto de acontecimientos
celulares que involucran muy diversas reacciones.
La activación del transporte de hexosas en el músculo
y en el tejido adiposo se debe a la redistribución intracelular
de ciertas proteínas transportadoras desde el sistema microsómico
a la membrana plasmática, en respuesta a las señales producidas
por la interacción de la hormona y su receptor.
En el músculo, el transporte de glucosa ocurre sobre la base
de dos proteínas de membrana, GLUT-1 y GLUT-4, cuya actividad
depende de los cambios de la glicemia. Ambas proteínas se encuentran
en la membrana plasmática celular, con predominio de GLUT-4.
Cuando aumenta la glicemia, aumenta la GLUT-1, y cuando se recupera
la glicemia se normaliza la GLUT-4. Así, pareciera que la disminución
del transporte del GLUT-4 fuera un mecanismo protector, que evita al
músculo la ganancia de glucosa y las complicaciones diabéticas,
aunque a expensas de insulinorresistencia.
Balance lipídico
El principal contribuyente a la resistencia a la captación de
glucosa dependiente de insulina es la mayor disponibilidad de grasa
para el metabolismo (Figura 1).
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Figura 1. En circunstancias normales, la glucosa es el
sustrato preferencial del músculo. Si aumenta la oferta
de ácidos grasos libres disminuye la captación y
utilización de la glucosa.
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El balance de la masa grasa de nuestro organismo depende de factores
hereditarios y ambientales. La adhesión a un estilo de vida caracterizado
por una dieta rica en grasas y con un alto grado de sedentarismo favorece
el balance graso positivo, lo cual lleva a una acumulación progresiva
de grasa corporal, que a su vez conduce a una mayor oxidación
de grasa, con lo cual se intenta mantener un balance graso en el organismo.
La capacidad de mantener este balance depende de la capacidad de aumento
de la oxidación de grasas en respuesta a un aumento de la ingesta
lipídica. La evidencia experimental demuestra que los sujetos
predispuestos a la obesidad se caracterizan por una menor oxidación
de lípidos cuando tienen un peso corporal normal y por una menor
capacidad de aumentar la oxidación de grasas cuando se exponen
a una dieta rica en grasas. Esto les confiere un mayor riesgo de almacenar
una gran cantidad de grasa cuando tienen un estilo de vida que favorece
un balance graso positivo.
Efecto de la composición corporal sobre la insulinemia
Existen importantes diferencias individuales con respecto a los sitios
en que se deposita el exceso de grasa en el organismo. El genotipo tiene
un rol preponderante en el depósito de la grasa visceral. Vague
fué el primer científico que estudió el efecto
de la distribución de grasa corporal sobre los niveles de insulina
plasmática. El estableció que el deposito preferencial
de la grasa en la zona abdominal se asociaba con hiperinsulinemia, lo
cual se ha corroborado en los estudios recientes, pero con predominio
de la grasa profunda, es decir la grasa visceral. El depósito
de grasa en este compartimento lleva a un mayor flujo de ácidos
grasos libres (AGL) hacia el hígado, debido a la cercanía
anatómica de los depósitos de grasa visceral con la vena
porta. Se sabe además que las grasas viscerales tienen características
metabólicas que las hacen más lipolíticas y más
resistentes a los efectos antilipolíticos de la insulina. Esto
lleva a que el hígado reciba una mayor cantidad de ácidos
grasos libres proveniente de la grasa visceral. Debido a esto, se produciría
además un menor aclaramiento hepático de la insulina,
lo cual lleva a la hiperinsulinemia.
Por otro lado, el mayor flujo de AGL al hígado estimula la síntesis
de triglicéridos, con aumento en la secreción de lipoproteínas
de muy baja densidad (VLDL). Esto se manifiesta en la dislipidemia típica
del síndrome de RI, en que se observa hipertrigliceridemia con
disminución del colesterol de HDL, debido a un mayor catabolismo
de las HDL causado por un aumento de la actividad de la lipasa hepática.
Efecto de la insulina sobre el metabolismo energético y de
las grasas
La insulina normalmente inhibe la lipolisis y la oxidación de
las grasas. En los sujetos obesos este efecto supresor de la movilización
y oxidación de las grasas se encuentra disminuido. Se ha demostrado,
por medio de las técnicas de clamp euglicémico y calorimetría
indirecta, que la supresión del recambio de ácidos grasos
libres y de la oxidación de las grasas se encuentra alterada
en sujetos obesos sometidos a aumentos fisiológicos de insulina.
En cuanto al balance energético, la insulina actuaría
a través de varias vías:
1. A través de un aumento de los niveles plasmáticos
de triptofano, precursor de la serotonina, favoreciendo así
la saciedad.
2. Inhibiendo el aumento del neuropéptido Y (NPY) por el ayuno.
El NPY es un importante estimulante del apetito y de la producción
de insulina por el páncreas.
3. Aumentando la actividad simpática, posiblemente a través
del aumento de los niveles de serotonina y factor liberador de corticotropina
(CRF). La disminución del efecto del NPY podría tener
un rol también en el aumento de la actividad simpática.
Se sabe que una mayor actividad simpática se asocia con una
menor ingesta de alimentos, mayor oxidación de grasas y mayor
gasto energético.
En síntesis, la insulina puede ejercer un rol de segundo mensajero
entre el metabolismo periférico y la regulación neuronal
para el balance entre ingesta y gasto energético.
Alteraciones genéticas en la resistencia insulínica
La transmisión de la resistencia insulínica es genética,
aunque no se sabe si es sólo un gen o si es poligénica.
Hay, sin embargo, aspectos adquiridos que son muy importantes y que
se basan en la vida sedentaria y en la obesidad. Los pacientes con RI
que tienen la tendencia genética a la fatiga de la célula
beta, pueden llegar a ser diabéticos. Lo mismo sucede en los
pacientes con RI que podrían o no desarrollar hipertensión
arterial, dependiendo de la tendencia genética. Estudios realizados
en animales de laboratorio sugieren la existencia de un aumento de la
producción de la citoquina denominada factor de necrosis tumoral
alfa (TNF alfa) en los adipocitos de los animales obesos con resistencia
insulínica. Esta hipótesis ha sido confirmada recientemente
en humanos. Un polimorfismo en la región promotora del gen del
TNF alfa ha sido descrito con mayor frecuencia en obesos. De este modo,
es posible que alteraciones genéticas en el TNF alfa puedan ser
factores de importancia para el desarrollo de la diabetes y resistencia
insulínica en ciertos individuos obesos.
Otro factor responsable de la resistencia insulínica en la obesidad
pudiera ser un defecto en la señal intracelular de la insulina.
Pareciera que una proteína específica, denominada IRS-1,
es un intermediario clave en la señal intracelular del receptor
de insulina, cuando éste se activa por la unión a insulina.
Se han descrito varios polimorfismos del gen del IRS-1. Una mutación
en el codón 972, con un intercambio de glicina por arginina,
se asocia con resistencia insulínica y mayor frecuencia de complicaciones
metabólicas en las personas obesas.
Edad y resistencia insulínica
Se sabe que existe una influencia negativa de la edad sobre el metabolismo
de la glucosa. Con frecuencia los ancianos presentan una disminución
de la tolerancia a la glucosa, la cual parece ser progresiva. El Grupo
Europeo para el Estudio de la Resistencia Insulínica demostró
que la edad tiene un efecto pequeño sobre la acción insulínica,
el cual podría deberse a los cambios en la composición
corporal propios de la edad y por la competencia por sustratos (por
aumento de los ácidos grasos libres). Este efecto de disminución
de la sensibilidad insulínica con la edad se vió solo
en mujeres delgadas.
Síndrome X
La obesidad puede aumentar el riesgo cardiovascular a través
de un efecto directo sobre el corazón y a través de la
presencia de otros factores asociados. Por ejemplo, la obesidad aumenta
el riesgo de hipertensión arterial, dislipidemia, alteración
de la tolerancia a los hidratos de carbono y diabetes. La resistencia
insulínica y/o hiperinsulinemia también se asocian con
estas alteraciones (Figura 2).
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Figura 2. Componentes principales del Síndrome
X en el cual la resistencia insulínica es el hecho central.
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Este conjunto de alteraciones ha sido denominado síndrome X,
el cual se asocia estrechamente a un elevado riesgo de cardiopatía
isquémica, comprometiendo tanto la estructura microvascular como
macrovascular del corazón. El síndrome X ha sido bien
caracterizado en los sujetos con obesidad central. Presenta un modelo
característico de dislipidemia, con disminución del colesterol
de HDL y aumento de los triglicéridos. El riesgo de mortalidad
cardiovascular asociada al síndrome X es similar al de la diabetes
tipo II, en que la mortalidad cardiovascular es tres veces mayor que
la de los sujetos no diabéticos. Alrededor del 5% de los sujetos
con síndrome X progresan a diabetes cada año. La RI es
el componente clave del síndrome X, ya que hiperinsulinemia estimula
el sistema nervioso simpático, llevando a retención de
sodio y vasocontricción, con el resultado de hipertensión
arterial y alteración de la función cardiaca. Sin embargo,
esto no ocurre en todos los paciente con RI.
Se ha demostrado en el síndrome X que la RI se presenta también
en los tejidos hepático y adiposo, además del músculo
esquelético. Se sabe por estudios recientes, que la grasa interfiere
con la unión de la insulina al receptor hepático, de modo
que la hiperinsulinemia no es necesariamente causada por resistencia
insulínica en el músculo.
Tratamiento
Los sujetos con resistencia insulínica tienen un elevado riesgo
de complicaciones cardiovasculares, por lo cual cualquier medida que pueda
facilitar la acción de la insulina puede ser beneficiosa. Se han
propuesto las siguientes medidas terapéuticas:
Reducción de peso.
En sujetos obesos, la pérdida de peso se acompaña de
un aumento de la captación de glucosa dependiente de insulina,
probablemente por medio de una mejoría del metabolismo intracelular
de la glucosa. No está claro si los sujetos que bajan de peso
pueden presentar cambios funcionales o estructurales del músculo
esquelético. También se ha observado una mejoría
del aclaramiento hepático de la insulina, con disminución
de los niveles séricos de insulina y péptido C.
Ejercicio físico.
Se ha observado una mayor utilización de la glucosa durante
el ejercicio moderado y mantenido, con un aumento de la sensibilidad
a la insulina. El ejercicio aumenta la proporción de fibras musculares
tipo I, que se correlacionan con una alta densidad capilar en el músculo
esquelético, con mejoría del metabolismo de la glucosa
dependiente de insulina. Las fibras musculares tipo I tienen una gran
cantidad de mitocondrias y funcionan oxidativamente, mientras que las
fibras musculares tipo II usan preferentemente las vías glicolíticas
y se asocian a una menor sensibilidad a la insulina. Se ha observado
durante el ejercicio físico una activación del transporte
de glucosa a nivel muscular, condicionado por una mayor actividad del
GLUT-4, promoviendo la utilización de la glucosa y mejoría
de la sensibilidad a la insulina en forma global.
Otro efecto favorable del ejercicio físico en pacientes obesos
insulino resistentes es el aumento del gasto energético, que
si se acompaña de una dieta adecuada, produce un balance energético
negativo, con la consecuente reducción de peso, que a la vez
tiene un efecto positivo en la reducción de la resistencia insulínica.
Metformina.
Es una droga antihiperglicémica que aumenta la utilización
de glucosa estimulando la acción de la insulina a nivel post
receptor en el musculo esquelético. Se ha observado que reduce
la producción hepática de glucosa y estimula su utilización
a nivel muscular y del tejido adiposo. Se postula además que
interfiere con la absorción de glucosa, colesterol y sales biliares
a nivel intestinal. Se concentra en forma muy importante en el epitelio
intestinal y se excreta totalmente por la orina. La mayoría de
los estudios han demostrado una caída de los niveles de glicemia
y hemoglobina glicosilada. La insulina también disminuye o se
mantiene, lo cual apoya la idea que la metformina actúa reduciendo
la resistencia insulínica. Está contraindicada en pacientes
en situación de estrés, sepsis, insuficiencia renal, cardiaca
y respiratoria y en pacientes alcohólicos.
Troglitazona.
Pertenece a una clase de drogas denominada tiazolinedionas. Pese a
que su mecanismo de acción es desconocido, mejora la acción
de la insulina en el hígado, músculo esquelético
y tejido adiposo. En sujetos obesos disminuye la resistencia insulínica
y mejora la tolerancia a la glucosa. Existe evidencia que sugiere que
se une a receptores nucleares específicos (PPAR) que modulan
la actividad de varios genes involucrados en la regulación de
la diferenciación de los adipocitos y en la homeostasis de la
glucosa y lípidos. Existe también evidencia de que estos
receptores nucleares reducen la expresión del factor de necrosis
tumoral y de uno de sus receptores, según se ha visto en animales
con resistencia insulínica. Estudios en pacientes obesos no han
demostrado un efecto neto sobre las concentraciones plasmáticas
de leptina, posiblemente debido a una mejoría de la sensibilidad
insulínica y reducción de la concentración plasmática
de insulina. Estudios recientes han demostrado que la troglitazona tiene
un efecto similar a metformina en cuanto a la reducción de las
cifras de glicemia, sin embargo su efecto reductor de la resistencia
insulínica es mucho más potente y con una mejor tolerancia
gastrointestinal.
Acipimox.
Es un derivado del ácido nicotínico. Se ha observado
un efecto de mejoría de la sensibilidad a la insulina, a través
de una reducción de los ácidos grasos libres.
Estrógenos.
La suplementación de estrógenos a mujeres postmenopáusicas
disminuye la resistencia insulínica hasta en un 30% por aumento
de la captación de glucosa. Esto podría explicar la disminución
de la mortalidad cardiovascular que producen los estrógenos.
Referencias escogidas
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