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La investigación iba avanzando con mayor rapidez que la
clínica, y así, la enseñanza de ésta
en las universidades seguía estancada en los clásicos.
El espíritu joven de entonces, al no poder desarrollarse
en el ámbito del aristotelismo universitario, se canalizó
por otras vías y esto dio lugar a que nacieran otras instituciones:
las academias. Algunas, como la Academia dei Lincei (Academia
de los Linces) de Roma funcionaban en forma de reuniones de
sabios para presentar y discutir sus investigaciones, otras, como
la Royal Society de Londres, estaban abiertas a los aficionados,
otras, como la Académie des Sciences de París,
eran organismos del estado, pero en todas se cultivaba la nueva
ciencia. Todas estas academias y también la Academia Leopoldina
de Alemania se fundaron en el siglo XVII.
Entre las corrientes de avanzada de la época estaban la
iatroquímica y la iatrofísica. Ambas tenían
un carácter marcadamente reduccionista, extremo para esa
época, pretendiendo la primera reducir los fenómenos
vivientes, normales y patológicos, a explicaciones químicas,
y la segunda, bajo influencia cartesiana, a explicaciones físicas.
Ninguna tuvo gran éxito, sus aportes fueron relativamente
pocos. La iatroquímica dominó en el norte de Europa,
mientras la iatrofísica, bajo la influencia de Descartes
y Galileo, lo hizo en el sur.
Un primer representante de la iatroquímica es Juan Bautista
van Helmont (1577-1644), de familia distinguida de Bruselas. Estudió
en Lovaina. Públicamente manifestó van Helmont su
admiración por Paracelso. Y al igual que éste, van
Helmont incluye en su concepción elementos metafísicos.
Creía también en el archeus como principio
vital, que para actuar necesitaba del fermento. Los elementos
fundamentales en todos los cuerpos eran el agua y el fermento,
el individuo estaba compuesto de tres esferas: archeus,
alma sensitiva y mens: el espíritu, lo divino. Pensaba
que los agentes nocivos modificaban el archeus, con lo que
también se alteraba el fermento, y esta alteración
se manifestaba en la materia con sedimentaciones. Las enfermedades,
las ideae morbosae, pasaban a ser perturbaciones metabólicas
con manifestaciones locales según las sedimentaciones.
El representante principal de la iatroquímica fue el clínico
alemán Franz de le Boë (1514-1672). Sylvius descendía
de una familia de hugonotes apellidada primitivamente Dubois, al
parecer pariente del primer Sylvius. Estudió en Alemania,
Holanda y Paris y por último, regresó a Holanda para
radicarse en Leiden. Estaba convencido de la importancia de la
anatomía y escribió una obra anatómica que
dejó su nombre asociado a la cisura lateral del cerebro.
Después de trabajar diecisiete años como médico
práctico con gran
éxito, aceptó una cátedra de medicina en Leiden.
Allí Sylvius, siguiendo el modelo de Italia, puso el hospital
al servicio de la enseñanza. Depuró a la iatroquímica
de Van Helmont de los elementos metafísicos como el archeus.
Pensaba que el proceso fundamental del organismo viviente era la
fermentación, cuyos productos finales eran los ácidos
y álcalis. Creía que lo normal consistía en
un equilibrio de estas substancias, y la enfermedad, en una perturbación
de ese equilibrio.
Tanto Van Helmont como Sylvius se expresaban en conceptos químicos
y ambos hicieron útil la química para la medicina.
Pero son muy diferentes: el uno católico y místico,
el otro hugonote y racionalista.
Un importante iatrofísico fue Santorio Santorio, profesor
en Padua. Nació en 1561, vivió hasta 1636. Era un
inventor innato, ideó numerosos instrumentos de uso clínico
y experimental. Pero también fue un clínico de prestigio,
y tanto que cuando la corte polaca pidió un buen médico,
se le recomendó a Santorio. Cuando regresó de Polonia
a Padua en 1611 fue nombrado profesor de medicina teórica.
Se retiró en 1624 para dedicarse a su profesión e
investigaciones.
Entre sus inventos está una balanza sensible a las variaciones
de la dieta y las producidas por el ejercicio físico. De
este invento y su utilidad da cuenta en su obra De statica medicina.
Con su balanza, que podría denominarse balanza metabólica,
comprobó la idea de Galeno de que se respiraba no sólo
por los pulmones sino también por la piel, y además
cuantificó la perspiración insensible. Santorio pasó
a ser precursor del estudio metabólico.
Otro invento importante fue el pulsómetro, el pulsilogium,
un instrumento para medir la frecuencia del pulso. En ese entonces
el pulso se examinaba sólo cualitativamente, pues si bien
había ya relojes carecían de minutero y secundero.
El invento consistía simplemente en un péndulo cuya
longitud podía regularse, en particular, hasta que su frecuencia
coincidiera con la del pulso que se quería contar: la longitud
del hilo daba una medida objetiva del pulso. Inventó también
el termómetro clínico con un bulbo para colocar en
la boca, un higrómetro y diversos tipos de camillas e instrumentos
quirúrgicos. De su fantasía creadora es un aparato
para bañarse sin salir de la cama.
El otro famoso representante de la iatrofísica fue Giogio
Baglivi, nacido 30 años después que murió Santorio.
Hijo de padres pobres y apellidado Armeno, él y su hermano
fueron adoptados por un médico rico de apellido Baglivi.
Giorgio, después de estudiar en Nápoles y viajar
por toda Italia, se radicó en Roma, donde conoció y
asistió
a Malphigi, ya viejo y enfermo. Malpighi murió en 1694 y
la autopsia la hizo Baglivi. Dos años después Lancisi,
catedrático de anatomía hasta entonces, ocupó
la cátedra de medicina, y Baglivi, la vacante de anatomía
por espacio de cinco años; después fue profesor de
medicina teórica. Murió muy joven, a los 39 años.
Fue un iatromecánico extremo, para él el organismo
era una especie de caja de herramientas: los dientes eran tijeras;
los intestinos, un filtro; los vasos, tubos; el estómago,
una botella; el tórax, un fuelle; y todas, movidas por el tonus.
Y en esto descubrió las fibras musculares estriadas y las
lisas.
Pero Baglivi teórico es muy distinto del Baglivi práctico.
Fue un talentoso clínico al punto de ser llamado el Sydenham
italiano. En su Praxis medica dice:
Ojalá los médicos vuelvan a la razón,
despierten al fin de su sueño profundo y vean cuán
diferente es la antigua y viril medicina griega de la medicina
especulativa e indecisa de los modernos.
Es decir, había una escisión entre la teoría
y práctica médicas, sin que la primera hiciera variar
mayormente el arte médico.
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