Este es uno de los aspectos más relevantes del arte hipócratico,
en el que la profesión médica alcanza una alta dignidad.
El médico, en su quehacer, debía estar guiado por
dos principios: el amor al hombre y el amor a su arte. En el ejercicio
de su profesión el médico ha de cumplir deberes frente
al enfermo, frente a sus colegas y frente a la pólis.
La idea moral culmina con la exigencia de que el médico
debe ser bello y bueno, calós cagathós,
y al lograrlo, él se convierte en áristos,
es decir, en noble. Con ello se da cumplimiento al juicio valórico
de Homero según el cual el médico es un hombre
que vale por muchos otros.
Las exigencias se referían, por supuesto, también
a lo formal. Aparte el gozar de buena salud para inspirar confianza
en el enfermo, el médico debía cuidar de que su presencia
le fuera agradable al paciente. Debía ofrecer un aspecto
aseado, estar bien vestido y perfumado y era menester que hablara
con corrección, serenidad y moderación.
Sin duda el documento de mayor valor ético es el Juramento.
Dice así:
Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higiea y Panacea,
así como por todos los dioses y diosas, poniéndolos
por testigos, dar cumplimiento en la medida de mis fuerzas y
de acuerdo con mi criterio, a este juramento y compromiso:
Tener al que me enseñó este arte en igual estima
que a mis progenitores, compartir con él mi hacienda y
tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciera falta; considerar
a sus hijos como hermanos míos y enseñarles este
arte, si es que tuvieran necesidad de aprenderlo, de forma gratuita
y sin contrato; impartir los preceptos, la instrucción
oral y todas las demás enseñanzas de mis hijos,
de los de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito
el compromiso y estén sometidos por juramento a la ley
médica, pero a nadie más.
Haré uso del régimen dietético para ayuda
del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del
daño y la injusticia lo preservaré.
No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco
letal, ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco
proporcionaré
a mujer alguna un pesario abortivo.
En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte.
No haré uso del bisturí ni aun con los que sufren
el mal de piedra: dejaré esa práctica a los que
la realizan.
A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia
del enfermo, fuera de todo agravio intencionado o corrupción,
en especial de prácticas sexuales con las personas, ya
sean hombres o mujeres, esclavos o libres.
Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere
u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello
que jamás deba trascender, lo callaré teniéndolo
por secreto.
En consecuencia séame dado, si a este juramento fuere
fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y de mi arte, siempre
celebrado entre todos los hombres. Mas si lo trasgredo y cometo
perjurio, sea de esto lo contrario.
Es un hermoso documento que durante siglos ha representado el
ideal
ético del médico y ha seguido influyendo en la deontología
médica aun a lo largo de los tantos cambios de la medicina,
como si se tratara de principios atemporales.
Los críticos fechan el Juramento a fines del siglo V o
en la primera mitad del IV a.C, es decir, lo sitúan en la época
de Hipócrates.
El Juramento comienza invocando a los dioses y concluye señalando
las consecuencias terrenas derivadas de su cumplimiento y trasgresión.
Luego de la invocación viene un contrato y enseguida,
un código.
El Juramento presenta varios aspectos problemáticos aún
no resueltos. ¿Se trata de un texto unitario, de fragmentos
compuestos o de un texto interpolado? ¿Quién prestaba
el Juramento, todos los médicos o sólo los de un
determinado círculo? ¿Qué tipo de compromiso
se contraía fuera del moral? ¿Era este Juramento una
realidad o sólo la expresión de un ideal? El código
también plantea problemas, así ¿por qué ese
compromiso de no usar el bisturí ni siquiera para la talla
vesical en caso de cálculos? Se ha explicado esto último
como expresión de un cierto grado de especialización.
Pero probablemente no se trata de que la cirugía ya se haya
estado separando, cosa que empieza a ocurrir en la medicina alejandrina.
Pero el punto más debatido es el concerniente con el aborto.
Veamos. En la sociedad griega clásica la salud era el bien
supremo. El verdadero aristócrata es el que goza de un
cuerpo saludable, dice un antiguo proverbio ático. El
ser humano ideal es un hombre desarrollado armónicamente
en el cuerpo y el alma, noble y bello. La enfermedad es, por lo
tanto, un gran mal, que hace al hombre de menor valía. De
ahí que los nacidos débiles o lisiados fueran eliminados
no sólo en Esparta, sino que era natural hacerlo en cualquier
parte de Grecia. Del mismo modo, el aborto era práctica
habitual. Esta parte del juramento, por lo tanto, no armoniza con
la moral de la sociedad de entonces. Eminentes historiadores aceptan
la explicación encontrada por el filólogo Edelstein,
a saber, de que el juramento se originó en un círculo
distinto del de Cos y Cnido, supuestamente en el de los pitagóricos.
Esta tesis se sigue discutiendo, pero probablemente es correcta
a lo menos en cuanto a que el Juramento no procede de Cos ni Cnido.
En todo caso, para algunos historiadores la gran enseñanza
del Juramento es que la medicina es un arte inseparable de las
más altas exigencias éticas y del amor al hombre.
El autor de los Preceptos dice: Donde hay amor por el
hombre también hay amor por el arte. Por eso el verdadero
médico es vir bonus sanandi peritus.
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