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El estudio de tribus actuales que se hallan culturalmente en la
Edad de Piedra da una idea de lo que fue la primera medicina, aquella
de los tiempos prehistóricos. Por supuesto que estos pueblos,
aun hallándose en condiciones prehistóricas, han
cambiado con respecto a los propiamente prehistóricos, y
ya por eso los investigadores deben ser cautelosos en sus conclusiones.
Lo que parece esencial en estos pueblos en cuanto a la medicina,
es la idea de la enfermedad como fenómeno sobrenatural por
acción de demonios o por encantamiento debido a una falta
cometida por el enfermo. La enfermedad tiene, por lo tanto, un
valor moral. Pero a esto hay que agregar que en esta medicina primitiva
el diagnóstico y tratamiento eran, en mayor o menor grado,
consecuentes a esa idea de enfermedad como fenómeno sobrenatural.
El diagnóstico y el tratamiento también se hacían
con elementos mágico-religiosos. De ahí la observación
de cristales, el lanzar huesos al aire y los estados de trance
del curandero para hacer el diagnóstico y de ahí también
las ceremonias, plegarias, fórmulas mágicas, el golpear
al paciente y tocarlo con ciertos objetos como medios terapéuticos.
Pero no siempre los medios usados por estos pueblos son tan ineficaces
como nos parecen éstos. Al respecto, un pasaje de Les
secrets de la Mer Rouge de Monfroid citado por Löbel.
Se trata de una hombre que había recibido una herida profunda
de lanza en la región del estómago. Dice así:
Dos hombres levantan al herido y, teniéndolo extendido,
lo llevan al patio. Le atan los brazos y piernas. El curandero
mete la mano en un líquido para probar su temperatura:
es manteca en estado de fusión, a la que mantienen tan
caliente que luego le desuella la mano; una mujer quema hierbas
bajo las parihuelas del paciente para alejar los espíritus
(y acaso los microbios) que pueden penetrar en el cuerpo del
herido. Nosotros le llamaríamos la antisepsia. El curandero
descubre la herida, a tiempo que pronuncia las primeras palabras
del conjuro. El paciente cierra los ojos, podríamos decir:
se recoge en sí a fin de exponer su cuerpo, al que hace
insensible. Con un simple movimiento el operador saca su brillante
djembia, daga grande y plana, ancha como la mano, de unos 30
centímetros de largo, ligeramente curva. La sumerge, tal
como lo ha hecho con su mano, en la manteca en fusión.
Luego desinfecta a su vez la herida virtiendo manteca hirviendo
sobre ella. El paciente exhala un estertor espasmódico,
medio ahogado, y luego se pone rígido. Entonces el curandero,
con habilidad maravillosa, abre con su gran cuchillo el vientre
en una longitud de 15 centímetros; la sangre chorrea,
vierte manteca hirviente sobre la herida para contener la hemorragia.
Sujetando su djembia entre los dientes, introduce profundamente
su mano que chorrea manteca en el hueco ventral. Coge un tejido
blancuzco y lo trae hasta el nivel de la incisión. Un
ayudante lo sujeta con los dedos. Es el estómago cortado
por la punta de lanza. El ayudante mantiene unidos los labios
de la herida. Con toda calma, el operador hace una señal
a otro ayudante, el cual, de una botella de largo cuello, saca
termitas por medio de una pajuela hueca. Son hormigas grandes
de la especie guerrera, gruesas como un grano de trigo, con mandíbulas
que se abren amenazadoras como tenazas, ante cualquier resistencia
que se les presente. Delicadamente, con las puntas de los dedos,
el curandero toma las termitas que el ayudante le pasa una a
una. En sus dedos empapados de sangre veo la mandíbula
inferior del insecto, curvada, abierta, presta a morder. A estas
pinzas naturales acerca los bordes de la herida que se trata
de cerrar. El insecto las clava y en el mismo instante, el operador
le arranca su tronco. La cabeza con los dientes queda fijada.
Esta es la primera puntada de la sutura; coloca unas veinte de
ellas a lo largo de la pared del estómago. Durante esta
operación el rostro del herido se había vuelto
del color de la ceniza. Respira con breves y violentos estertores.
Pero ahora no se queja; es de suponer que el infortunado yace
en estado de hipnosis. El curandero cierra también la
herida exterior con espinas de mimosa, que introduce a través
de la piel...Las cabezas de termita, que han servido para la
sutura interna serán absorbidas, exactamente como hoy
día es absorbido el catgut.
Este relato muestra, de manera muy notoria, el elemento empírico
que puede tener la medicina primitiva junto al mágico-religioso.
Entre los medios terapéuticos eficaces que abarca este elemento
empírico de la medicina primitiva, destacan las plantas
medicinales. De éstas pertenecen a la farmacopea moderna,
entre otras, las siguientes: ácido salicílico, quinina,
opio, cocaína, efedrina, colchicina, digital, ergotamina.
La digital se incorporó
a nuestra farmacopea después del redescubrimiento de Whitering
publicado en1785 después de 10 años de experiencia.
En la próxima lección se verá qué pasa
con los elementos religioso, mágico y empírico en
la medicina del Antiguo Egipto, que tomaremos como modelo de la
medicina arcaica.
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