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Nuestra cultura occidental surgió de la fusión del
mundo romano con el cristianismo y los pueblos germánicos.
Pues bien, según Toynbee, el surgimiento de una cultura
desde otra se realiza a través de una nueva religión,
más precisamente: una sociedad en desintegración
suscita una religión más alta, una iglesia más
vasta, y de ésta se alza la nueva cultura. Así lo
fueron el cristianismo, el Islam, la religión hindú y
el budismo.
La edad media puede considerarse, en general, la fase histórica
en que se plasman cambios profundos de una civilización.
Desde este punto de vista general, diversas naciones han tenido
su edad media: Grecia tuvo una edad media alrededor del 1100 de
la que surgieron las primeras ciudades estados; Roma la tuvo en
siglo V a.C. y condujo al establecimiento de la República
romana, y también en Egipto hubo un Imperio medio.
La Edad media de Occidente duró alrededor de un milenio
a partir del siglo V d.C. Suele ser dividida en tres períodos:
la Edad media temprana desde la caída del Imperio Romano,
formalmente en el año 476, hasta la desmembración
del Imperio carolingeo en el siglo IX; la alta Edad media, con
el florecimiento del régimen feudal, hasta la crisis del
orden medieval en el siglo XIII, y la baja Edad media hasta el
siglo XIV en Italia y el XV en la mayor parte de Europa. En esta última
se fortalecen las monarquías y la burguesía, prosperan
las ciudades y las universidades.
El Orden Medieval
Durante la mayor parte de la Edad media y desde su inicio, la
clase culta era clerical, y su afán fue consolidar la
Iglesia. Fue ella la depositaria de tradiciones romanas, entre éstas,
desde luego, el latín y la visión de un orden universal;
ella también acogió la nueva cultura germánica
y coronó a los nuevos emperadores cristiano-germánicos.
Al mismo tiempo dio amparo espiritual y material a las masas
de indigentes aparecidas por la disolución del Imperio,
las invasiones bárbaras, la pobreza producida por el abandono
de los cultivos y el agotamiento de minas de oro y plata, por
los estragos del paludismo y la peste. La civilización
europea occidental, dicen algunos historiadores, había
retrocedido un milenio. Solamente una entidad se alzó poderosa
para regir espiritualmente a la naciente sociedad: la Iglesia
católica
La figura que marcó el pensamiento de aquella época
fue la de San Agustín, que vivió en los siglos
V y VI. La nueva concepción se orientaba hacia el más
allá con la mira puesta únicamente en la salvación
eterna del alma. La vida religiosa reclamaba toda la atención
del hombre. La vida de este mundo, la Ciudad terrena, era desdeñable
y todos los ramos del saber estaban subordinados a los fines
religiosos. Es una visión radicalmente diferente del mundo
con respecto a la concepción griega. Este nuevo mundo
cristiano se compone esencialmente de Dios y el hombre ligados
espiritualmente. Pero en esa concepción no hay camino
hacia Dios por la razón, el camino para conocer a Dios
es que El, Deus ut revelans, se nos descubra. La razón
humana no existe sola, es el reflejo de la iluminación
venida de Dios. De ahí
el lema de San Agustín: credo ut intellegam, creo
para conocer. Es decir, conocer es aquí en su esencia
fruto de creer, fruto de la revelación e iluminación
divinas.
Puesto que, por una parte, los afanes de la clase culta, la
clerical, estaban centrados en la vida del más allá,
en la Ciudad de Dios, fue desatendido el conocimiento de la naturaleza,
que se estancó. Y puesto que, por otra parte, el saber
racional era fruto de la iluminación divina, los conocimientos
de la naturaleza admitidos tras ser interpretados en el marco
de la fe, pasaron a adquirir también el carácter
de verdades inamovibles. Así surgió el orden medieval,
un orden universal absoluto.
Pero en el siglo XI se produjo un primer cambio importante de
esta visión: San Anselmo enuncia el principio fides
quaerens intellectum, la fe que busca al intelecto.
Es decir, ahora la fe necesita del intelecto; la razón,
iluminada por Dios, reobra sobre la fe, la hace inteligible tal
como hace inteligibles las percepciones sensoriales puras, por
ejemplo, la percepción de colores, en sí un fenómeno
irracional. Así, dentro de la fe empieza a actuar la razón
humana, y la palabra de Dios comienza a integrarse con una ciencia
humana: la teología escolástica.
En las postrimerías de la alta Edad media, en el siglo
XIII, Santo Tomás vio en la razón humana una potencia
independiente de la fe y, como todo lo humano, imperfecta. Pero
siendo Dios también razón, razón perfecta,
y siendo su obra también racional, El y el mundo son accesibles
a la razón humana. Así, el hombre con su intelecto,
aunque limitado, se vio fortalecido, y no sólo dio un
gran desarrollo a la escolástica, sino que también
vuelve a ocuparse de la filosofía y cosmología.
Hasta entonces el orden medieval era universal, había
en él armonía entre fe y razón, entre Dios,
el hombre y la naturaleza, siendo la razón un nexo armónico
fundamental. Este orden universal hizo crisis, y el rasgo distintivo
de ella fue el rechazo de la razón humana como instrumento
de prueba de la existencia de Dios. Así, se afirmaba: nada
de lo demostrado por la razón es revelado por Dios, y
nada de lo revelado por Dios es demostrado por la razón.
En el desarrollo de estas ideas habían influido Averroes
y los nominalistas, particularmente Guillermo de Ockam.
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