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La medicina en las escuelas catedralicias y su enseñanza
estuvo a cargo del clero secular. Se trataba en lo fundamental
de la doctrina hipocrática con un fuerte carácter
especulativo y elementos religiosos. Las especulaciones en torno
a la orina y pulso del paciente eran parte de esa medicina. Löbel,
un historiador, dice al respecto:
El vaso de orina se convirtió en el signo distintivo
del médico...La orina contenida en un vaso simbolizaba:
en su capa superior, la cabeza; en la siguiente, el pecho; en
la tercera, el vientre; en la cuarta, el aparato génito-urinario.
Si cuando era sacudida, la espuma bajaba a la segunda región
del líquido y sólo muy lentamente volvía
arriba, significaba ello que los órganos del pecho eran
el asiento de la enfermedad, pero si subía con rapidez
era que la enfermedad se limitaba a la cabeza.
Tal vez el progreso más importante de la medicina medieval
fue la construcción de hospitales, de mayor envergadura
que los valetudinaria. Después de los construidos bajo el
imperio de Constantino, comenzó en 1145 y bajo influencia árabe,
una segunda ola de fundación de hospitales, el primero en
Montpellier. En el curso de pocos siglos había una red de
hospitales en toda Europa. Estos hospitales cristianos eran hospicios,
es decir, estaban destinados a amparar peregrinos y pobres, enfermos
o no, a darles hospitalidad. Carácter propiamente
médico tuvieron los administrados por ciertas órdenes
caballerescas, así la Orden de los Caballeros de San Juan
con su hospital en Jerusalem. La transformación de hospicio
a hospital se aceleró en el siglo XIII.
La mayor parte de la Edad media transcurrió entre dos pestes:
la de Justiano en el siglo VI -al parecer también peste
bubónica- y la Peste negra, que estalló en el siglo
XIV. Pero precisamente en el lapso comprendido entre estas epidemias
se extendió
la lepra por Europa, y cuando había declinado apareció
la sífilis.
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